IV Congreso de Libro Electrónico. Lo que pudo ser y no fue

IV Congreso de Libro Electrónico

IV Congreso de Libro Electrónico. Lo que pudo ser y no fue

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a la IV edición del Congreso de Libro Electrónico que se celebra anualmente en Barbastro, Huesca. Después de participar como ponente en el I Congreso, el cambio de rumbo que Javier Celaya —al frente de la organización como nuevo director académico del Congreso— ha querido implantar parecía muy atractivo y prometía insuflar nuevos aires al evento.

Como cualquier otro acontecimiento de estas características, el IV Congreso ha tenido momentos muy interesantes y algunos elementos mejorables. En lugar de hacer una enumeración de lo bueno y lo malo, me permito hacer una suerte de resumen/rememoración de todas las charlas, mezclando impresiones.

Primera jornada

El Congreso arrancó, como es obligado, con las protocolarias presentaciones institucionales. Después, Javier Celaya explicó el nuevo formato que se quiso explorar, pasando de unas ponencias «cerradas» a unas sesiones de trabajo en forma de charlas-debate con participación activa de todos los congresistas. Más adelante explicaré mi visión del resultado.

Conversación inaugural. Hacia dónde vamos: ¿Cómo será el mundo del libro en el año 2025?

Dejando de lado la poco provechosa pretensión de concretar teorías, la charla que abrió el IV Congreso fue interesante. Lauren Romeo y Alberto Betella, moderados por Daniel Seseña, comentaron algunos proyectos en los que se trabaja en el ámbito de la inteligencia artificial o el big data y que podrían tener efectos sobre el universo editorial.

Se comentó, entre otras cosas, la posibilidad de establecer recomendaciones en función del estado de ánimo o emociones del lector, de cara a una mejor prescripción, o incluso como forma de seleccionar futuros títulos a publicar. Esta «prescripción emocional» es un concepto que se repetiría en el Congreso y que nos lleva a una cuestión, a mi juicio, espinosa: ¿cuál es el papel del editor en la selección de los títulos de su catálogo? Aunque es obvio que ya se publica en función de los gustos del público (¿de todo tipo de público…?), lo cierto es que uno de los roles básicos del editor es la construcción de un catálogo coherente.

Si bien los datos y algoritmos proporcionan un conocimiento bastante exacto de los patrones que pueden convertir un libro en un éxito, este proceso puede tener sentido en ciertos géneros/temáticas, pero no en otros. ¿Acaso no pretende siempre un editor llegar a un público? ¿La selección de obras (y, por tanto, el rechazo) no es un proceso inherente a la construcción de una editorial? En un terreno como es el cultural (sin caer en el elitismo), ¿no tiene sentido la selección por parte de profesionales de cara a la formación de un acervo cultural más rico?

Son cuestiones en las que he pensado en los últimos días y sobre las cuales he conversado con otros profesionales. Si alguien tiene ideas al respecto, sería estupendo contar con comentarios a este artículo.

Primera sesión de trabajo. Evolución del mercado digital: ¿Cuál es el mercado real del libro electrónico?

El primero de los debates colectivos estuvo moderado por una brillante Arantxa Mellado, que supo conducir la charla con fluidez y consiguió que la participación fuese muy activa.

La controversia pareció derivarse de un elemento que algunos consideran indispensable y otros incompartible: información. Algunos participantes expresaron la necesidad de contar con informes o estadísticas fiables acerca del universo editorial. Otros, sin embargo, afirmaron la necesidad de reservar esos datos con fines estratégicos. Luis Collado, siempre provocativo, sostuvo que Google proporciona datos muy detallados a las editoriales con las que trabaja, pero que no se les ocurriría brindar una información similar de cara a su inclusión en un informe destinado a la comunidad editorial.

Las cifras de lectura, que Joaquín Rodríguez trajo oportunamente a colación (pueden verse en este enlace), invitan a pensar más allá. En un entorno en el que la lectura ha dejado de ser una actividad de ocio mayoritaria —si es que lo fue alguna vez— y compite con otros productos, y en un país cuyos índices de lectura caen año tras año, ¿es viable un mercado de libro digital con las pretensiones actuales? Los datos no parece muy halagüeños, la verdad sea dicha; pero nadie, aparte de Joaquín, pareció querer profundizar en el asunto…

Reimaginando el mundo del libro. Proyectos

Los diez proyectos presentados en este apartado del Congreso eran aplicaciones destinadas a innovar en algún punto de la cadena editorial. Como repaso rápido, hubo iniciativas interesantes, como la ganadora CreativeChain (creo que elegida con buen tino por parte del jurado), la app de recomendaciones Komilibro o el proyecto Onix Suite.

También se presentaron un par de proyectos cuya viabilidad y pertinencia resultaron francamente cuestionables, como Picking Ideas o On Air Shopping. No parece que exista un nicho adecuado o desatendido para ambas iniciativas, que no cubren ninguna necesidad específica real por parte de un posible usuario/lector.

Segunda sesión de trabajo. ¿Es rentable vender ebooks por debajo de 9,99 euros?

Como participante de esta charla tengo que confesar que estaba fuera de lugar. No soy editor y mi trabajo es «entre bambalinas», por lo que mis conocimientos sobre el tema se limitan a entender el trabajo que hay detrás de la elaboración de un ebook, pero no la fijación de un precio de venta final.

Roger Domingo dividió la charla en dos partes: la primera destinada a debatir sobre la fijación de los costes de producción de un libro electrónico y la segunda orientada a interpretar la elasticidad del precio en función de cuestiones tales como relevancia del autor, novedad del tema o género. O, al menos, esa fue la intención primigenia, porque la presentación de un escandallo ficticio (con el propósito de dejar claro que la elaboración de un ebook tiene unos costes que hasta ahora se repercuten, en buena parte, a la edición impresa) suscitó un encendido y, a mi modo de ver, extemporáneo debate entre los asistentes.

Se afirmó que la fijación de precio en formato electrónico tiene poco que ver con lo que se hace con la versión impresa, ya que en digital hay que tener muy en cuenta el público al que se dirige, el canal de venta o las posibilidades de variación de precios para incentivar la demanda. Si bien todo ello es rigurosamente cierto, no se consiguió debatir acerca de si un precio de venta bajo es rentable (en términos generales; es evidente que existen multitud de casos) para una editorial. Quizá se echó de menos la presencia de alguna de las escasas editoriales españolas que solo publican en digital; en un congreso de estas características es inusual que los pequeños editores digitales no estén bien representados, ya que son los que podrían aportar datos más fiables y opiniones más consolidadas.

Según mi opinión, que Sergio Mejías discutió con argumentos razonables (si bien su plataforma tiene un perfil de usuario particular), la autopublicación ha representado en los últimos años un elemento disruptor en la percepción del precio por parte de los lectores. No estoy nada seguro de si una editorial con unos costes (fijos y variables) de producción puede asumir según qué precios finales de venta, más allá de estrategias puntuales de marketing al estilo de las promociones Kindle Flash. El hecho de que la plataforma de autopublicación por excelencia establezca unos valores concretos para la obtención de regalías —en lugar de limitarse a aplicar un porcentaje— es sintomático de esto que comento.

Tercera sesión de trabajo. ¿Existe un potencial mercado de audiolibros en España?

La tercera sesión de trabajo introdujo en el debate uno de los «huérfanos» en el campo de la edición digital: los audiolibros.

En esta charla surgió la idea de colaboración como uno de los elementos controvertidos en el ecosistema de las plataformas de audiolibros. La necesidad de un consorcio o proyecto-paraguas que englobase a distintas empresas se confrontó con la fuerte defensa de una individualidad que permita la diversidad para fomentar la innovación. Una vez más, como se ha visto en otros ámbitos en el terreno digital (y también, en general, en el ámbito tecnológico), la falta de una apuesta firme por parte de todos los actores implicados promueve el surgimiento de una miríada de proyectos, de los cuales solo unos pocos conseguirán desarrollarse, si bien bajo la amenaza constante de la irrupción de un «gigante» que los fagocite. El ejemplo de Tolino, aunque de características particulares y no del todo extrapolable, sí que podría servir como ejemplo de lo que se puede llegar a intentar.

Segunda jornada

El segundo día presentaba dos sesiones a priori interesantes, precedidas de una conferencia para tender puentes entre dos campos culturales eternamente comparados: música y libros.

Lecciones aprendidas en la industria cultural

Voy a ser un poco más crítico con esta charla; si bien me gustaría dejar claro que Roberto Ceballos me pareció un profesional brillante y un conferenciante cautivador.

La comparación del mundo de la industria discográfica y la editorial es falaz. Punto. Por supuesto que existen lazos de unión, aspectos que se asemejan y elementos comunes, pero la táctica llevada a cabo por la primera (cuestionable desde un punto de vista estratégico, ya que se puso en práctica a posteriori, forzada por la aparición de ciertas tecnologías y cuyo éxito no estoy seguro de que sea interpretado correctamente) no puede aplicarse a la segunda.

Las cuentas de resultados, sin ir más lejos, de las plataformas de streaming musicales distan mucho de ser ejemplos de nada. No existen cifras de las plataformas de streaming de lectura; tal vez haya un motivo para ello. Los índices de lectura, como Joaquín Rodríguez esgrimió con tenacidad, invitan a reflexionar sobre el tipo de desarrollo que se necesita implantar para poder vender libros en el futuro. El «consumo» (utilizo las comillas por el repelús que me causa el término aplicado a la lectura) de libros difícilmente se puede equiparar con el de música; ni por volumen, ni por audiencia ni por situación. Si lo que se plantea es la supervivencia de un sector productivo (es decir: que ofrezca beneficios) no se puede ignorar el hecho de que una diversidad de productos y una gran oferta no significa, por definición, un aumento de las ventas. Sí, hay muchos grupos indies suecos a los que hoy podemos descubrir gracias a las nuevas tecnologías; lo que no sabemos es cuántos grupos indies suecos viven gracias a componer música.

Cuarta sesión de trabajo. ¿Dónde descubren los lectores su siguiente lectura?

En esta ocasión, el debate puso de manifiesto que las plataformas de prescripción, al igual que ocurría con los proyectos sobre audiolibros, pueden enfrentarse al problema de una diversidad que las convierta en irrelevantes.

Más allá del debate acerca de la consorciación o agrupación, lo que no quedó muy claro es el papel que juegan estas plataformas en la creación de lectores o en la venta de títulos. No hubo acuerdo en la proyección que, por separado, podrían tener y en la relevancia que llegarían a alcanzar. El escaso debate generado mostró que los lectores encuentran sus próximas lecturas de múltiples formas y no quedó claro si una plataforma de prescripción (al menos no las más pequeñas) contribuye de manera importante.

Quinta sesión de trabajo. Cómo reinventar el negocio de las editoriales y librerías

A priori, esta charla-debate parecía una de las más interesantes del Congreso; sin embargo, la falta de dinamismo y la ausencia de ideas innovadoras dieron como resultado una sesión algo descafeinada. Quizá solo algunas ideas de Alberto Vicente acerca de los cambios que debe afrontar la edición para asumir el reto digital fueron provocadoras, aunque no hubo demasiada discusión posterior.

Apenas se habló sobre experiencias o modelos alternativos, como algunos a los que se aludía en el programa: crowfunding, suscripción, etc. Lo que sí pareció quedar claro es que algunos actores consideran que el modelo actual presenta una problemática irresoluble (léase: oferta excesiva), como se encargaron de recordarnos Luis Collado y Joaquín Rodríguez (a veces con demoledores datos).

Fue interesante la intervención de Julia Molano, de SM, ya que las iniciativas de las editoriales infantiles son de las más imaginativas que se pueden encontrar; el de paso de contenidos a plataformas o la creación de redes son proyectos a tener en cuenta que, aunque de difícil traslación a otros géneros o temáticas, podrían servir de inspiración.

En general, el tono fue apagado y reiterativo. Se repitieron mantras mil veces escuchados y (casi) ninguno de los presentes ofreció una mirada fresca sobre posibilidades, alternativas o proyectos a emprender.

Conversación de clausura del Congreso. Desconexión de internet

El malhadado fin de fiesta (dejando de lado las conclusiones del Congreso) fue esta entrevista final, conducida por Óscar López, presentador del programa Página Dos, al escritor Enric Puig Punyet.

Dejando de lado que la charla fuera o no pertinente en un evento de estas características, el contenido se convirtió en motivo de controversia, cuando no directamente de estupefacción. Que un congreso sobre literatura y edición digital se clausure con una conversación que no trata sobre ebooks (que apenas los mentó, de hecho), que sugiere la idea de desconexión como plausible y que no explora las posibilidades de la lectura digital es, cuanto menos, sorprendente.

Es loable la inclusión en el programa del Congreso de actividades que no versen al cien por cien sobre aspectos concretos de la edición digital, pero a mi modo de ver esta conversación fue extemporánea y desacertada. Seguro que a muchos de los presentes se les podrían haber ocurrido unas cuantas charlas que se ajustasen más al contenido del Congreso y que hubieran resultado más atractivas.

Impresiones generales

Lo cierto es que el cambio de rumbo que Javier Celaya, como director, y la organización del IV Congreso de Libro Electrónico han llevado a cabo es prometedora. Como es lógico, esta edición ha presentado algunas carencias que pueden subsanarse de cara al próximo año.

La principal, a mi modo de ver, ha sido la falta de ritmo en las sesiones de trabajo grupales. Si casi un centenar de congresistas asisten a unas charlas que, en teoría, buscan la participación activa, no es lógico que éstas se desarrollen (como ocurrió con casi todas, excepción hecha de la primera, que Arantxa Mellado moderó con tino) siguiendo el esquema restrictivo de las pasadas ediciones, con tres o cuatro ponentes exponiendo ideas sin opción a debate. Creo que buena parte de culpa se debe al lugar escogido: un auditorio no es un espacio adecuado para la intervención de múltiples participantes; hubiera sido incluso mejor colocar sillas en círculo en una sala diáfana e incentivar la charla al estilo de los talleres de lectura.

Quizá los distintos moderadores y participantes tampoco hayamos estado a la altura. Es posible que la participación hubiera sido mayor si se hubiera presentado el tema sin más y se hubiera abierto inmediatamente el debate, sin introducciones previas. La búsqueda de una estrategia de futuro para el sector se quedó, a mi modo de ver, en una pretensión encomiable, pero que se sustanció en un puñado de intervenciones destacables. Creo que se cuestionaron bastantes cosas, pero las posibles soluciones, o al menos ideas a explorar, brillaron por su ausencia

Como en años anteriores, considero que hay vacíos inexplicables en un congreso que se centra en el libro digital. No ha habido presencia de editores exclusivamente digitales, ni de autores que hayan explorado la publicación electrónica como única vía, para que se compartan experiencias realmente útiles. No se han celebrado charlas o mesas redondas sobre flujos de trabajo o buenas prácticas, elementos que, si bien tal vez algo más «técnicos», deberían ser interesantes para muchos de los presentes. De cara al próximo año me gustaría ver una mayor presencia o diversidad de editoriales, ya que existe una profusión de pequeños editores a los que habría que animar a asistir para conocer de primera mano las «otras versiones», más allá de los grandes grupos, muy bien representados en todas las ediciones.

De la misma manera que se han establecido los premios ePrizes a los mejores proyectos innovadores, no estaría de más ofrecer al público presente algo similar, pero orientado a ejemplos de libros/apps/publicaciones que ostenten una excelencia en el campo de la edición digital. Tal vez de esa forma podríamos descubrir proyectos que exploren nuevas vías en los entornos editorial y narrativo, algo inédito hasta ahora en las cuatro ediciones del Congreso.

En pocas palabras, no me cabe duda de que la deriva que ha comenzado este año es prometedora, si bien hay que pulir algunos aspectos a nivel de organización y programa. Además, sería de agradecer una mayor participación y transparencia por parte de todos los participantes; escuchar año tras año los mismos argumentos termina por minar la confianza en la posibilidad de que un congreso de este tipo sea útil más allá de la oportunidad de compartir un café con viejos conocidos.

Emiliano Molina

emolina@cuadratin.es

Llevo más de diez años trabajando el sector editorial, primero como editor de contenidos y después como diseñador editorial y maquetador. Desde hace seis años me dedico al diseño editorial y a la maquetación de publicaciones destinadas a la edición impresa y digital, bien sean libros o publicaciones electrónicas para tablets.

4 Comentarios
  • Lector

    29/11/2016 en 08:06 Responder

    Llamativa la afirmación “Como participante de esta charla tengo que confesar que estaba fuera de lugar. No soy editor y mi trabajo es «entre bambalinas», por lo que mis conocimientos sobre el tema se limitan a entender el trabajo que hay detrás de la elaboración de un ebook, pero no la fijación de un precio de venta final.” De la que, inevitablemente, surge la pregunta: ¿por qué aceptar, entonces, la invitación?

    • Emiliano Molina

      29/11/2016 en 11:01 Responder

      Hola, Lector.

      Pues fundamentalmente por tres motivos. El primero es que fui invitado a participar, si bien el contenido de la charla no estuvo bien definido de antemano, ya que se fue pergeñando los días previos. El segundo, esperaba que al menos la primera parte del debate, que se preveía dedicado a la discusión sobre costes de producción, fuera interesante (aunque al final la charla derivase hacia otros temas). Y el tercero, quizá más frívolo, es que me apetecía asistir al Congreso para conocer de primera mano opiniones, posturas y proyectos; lo cual no significa que no se pueda ser crítico con lo que ocurrió.

      Gracias por pasarte a comentar.

  • Miguel Cantanavella

    09/01/2017 en 18:18 Responder

    Hola, Emiliano:

    Puesto que la redacción de tu escritura es esmerada, pulcra y correcta, cosa que se agradece mucho, tanto más cuanto más escasean tales cualidades en la red, me permito hacerte una observación en tu beneficio y con la afectuosa intención de ayudarte, no de afearte nada. A saber: bajo el epígrafe “Conversación inaugural. Hacia dónde vamos: ¿Cómo será el mundo del libro en el año 2025?”, aparece en el decimocuarto renglón la siguiente leyenda: “…selección por parte de profesionales de cara a la formación de un acerbo cultural más rico?”.

    Convendría revisar la ortografía de “acerbo”. Acervo (RAE): Conjunto de valores o bienes culturales acumulados por tradición o herencia. Acerbo (RAE): 1. adj. Áspero al gusto. 2. adj. Cruel, riguroso, desapacible. A todas luces, tú te referías a la primera opción, con uve.

    Muchos saludos. Interesantes y bien razonadas tus entradas en el blog.

    • Emiliano Molina

      10/01/2017 en 11:18 Responder

      En efecto, Miguel, tienes toda la razón. Mea culpa por publicar un artículo sin releerlo detenidamente para evitar estos traspiés. Gracias por el apunte.

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